Este artículo desafía la espiritualidad centrada en experiencias emocionales intensas. Propone que muchas veces confundimos encuentros reales con Dios con circuitos internos de placer espiritual donde nunca aparece un 'otro' que nos contradiga, frustre o desafíe. La verdadera relación con lo divino, como el amor real, no se sostiene en fuegos artificiales sino en miles de martes sin música ni lágrimas.
Una experiencia intensa no siempre es un encuentro
Hay una forma de espiritualidad que se parece muchísimo al amor.
Pero no es amor.
Hay intensidad.
Hay lágrimas.
Hay música.
Hay piel chinita.
Hay una sensación brutal de conexión.
A veces ocurre en un retiro.
A veces durante un concierto donde miles de personas cantan al mismo tiempo y, durante unos minutos, parece que desapareció la distancia entre tú y el resto del mundo.
A veces ocurre en Yom Kipur, cuando llevas tantas horas sin comer que ya no sabes si estás teniendo una revelación espiritual o simplemente necesitas un Gatorade.
A veces pasa frente al mar.
En una ceremonia.
Durante una meditación.
En medio de la naturaleza.
De pronto algo se abre.
La mente se calla.
Las defensas bajan.
Las lágrimas aparecen sin pedir permiso.
Y dices:
> “Sentí a Dios.”
Quizá sí sentiste algo.
No quiero quitarle valor.
Fue real.
No te lo inventaste.
El cuerpo realmente respondió.
Algo dentro de ti realmente se movió.
El problema comienza después.
Porque una vez que sentiste eso…
quieres volver.
Entonces empiezas a buscar.
Otro retiro.
Otro maestro.
Otra ceremonia.
Otra técnica.
Otra meditación.
Otra comunidad.
Otro rabino.
Otro gurú.
Otro señor con barba explicándote que Mercurio retrógrado es responsable de que tu ex no te haya contestado.
Lo que sea.
Con tal de volver a sentirlo.
Y poco a poco ocurre algo extraño.
Dios deja de ser alguien con quien tienes una relación.
Y empieza a convertirse en el proveedor de tus experiencias espirituales.
Cuando Dios nunca te contradice
Hay una frase que todos hemos escuchado.
Quizá también la hemos dicho.
> “Yo tengo mi propia relación con Dios.”
Perfecto.
Tengo una pregunta.
En esa relación que dices tener con Dios…
¿alguna vez te ha contradicho?
¿Alguna vez te ha pedido algo que no querías hacer?
¿Alguna vez te llevó por un camino que tú no habrías elegido?
¿Alguna vez guardó silencio cuando necesitabas desesperadamente una respuesta?
¿Alguna vez te dijo que no?
Porque si ese Dios siempre piensa como tú…
quiere exactamente lo que tú quieres…
aprueba las decisiones que tú ya habías tomado…
aparece cuando necesitas sentir bonito…
desaparece cuando te incomoda…
y jamás interfiere seriamente con tus planes…
quizá encontraste a Dios.
O quizá encontraste un espejo con excelente iluminación.
La espiritualidad contemporánea corre un riesgo enorme:
**convertir a Dios en una extensión de nuestro propio sistema nervioso.**
No buscamos necesariamente encontrarnos con Él.
Buscamos encontrarnos con una versión de nosotros mismos que nos gusta sentir.
Una versión tranquila.
Profunda.
Conectada.
Con propósito.
Y cuando aparece esa sensación decimos:
“Estoy conectado.”
Cuando desaparece:
“Estoy desconectado.”
Como si la existencia de Dios dependiera de nuestro estado de ánimo.
Como si el universo tuviera la obligación de producirte mariposas para confirmar que todo está bien.
Por qué “masturbación espiritual”
Aquí entra una palabra incómoda.
Masturbación.
No porque el placer sea malo.
No porque emocionarte sea malo.
No porque una experiencia espiritual intensa sea necesariamente falsa.
Sino porque en la masturbación ocurre algo muy específico.
Hay excitación.
Hay intensidad.
Hay placer.
Hay descarga.
Puede incluso haber clímax.
Pero no hay otro.
Todo ocurre dentro de tu propio circuito.
Tú produces el estímulo.
Tú recibes la sensación.
Tú controlas el ritmo.
Tú decides cuándo empieza.
Tú decides cuándo termina.
No necesitas salir de ti.
Y podemos hacer exactamente lo mismo espiritualmente.
Podemos utilizar música.
Meditación.
Oración.
Torá.
Retiros.
Ceremonias.
Incluso a Dios.
Para producir estados internos agradables.
Todo parece profundamente espiritual.
Pero el otro nunca apareció.
**Una experiencia intensa no siempre es un encuentro.**
Porque una relación empieza precisamente cuando aparece alguien que no eres tú.
Alguien que puede sorprenderte.
Contradecirte.
Frustrarte.
Pedirte algo.
Decirte que no.
Guardar silencio.
Obligarte a salir de tu propio circuito.
El amor está hecho de martes
Piensa en una pareja que lleva cuarenta años casada.
No una pareja perfecta.
Una pareja real.
De esas que ya saben qué cara pone el otro antes de empezar una discusión.
Que han pasado temporadas increíbles.
Y temporadas donde probablemente alguno pensó que una almohada bien colocada podría resolver demasiados problemas.
¿Qué sostiene cuarenta años?
No los fuegos artificiales.
No las mariposas.
No las cenas románticas.
No las cartas de aniversario.
Lo que sostiene cuarenta años son miles de martes.
Martes donde alguien lavó los platos sin que nadie se lo pidiera.
Martes donde uno decidió tragarse una frase que sabía perfectamente que podía destruir la noche.
Martes donde alguien manejó dos horas para acompañar veinte minutos.
Martes donde uno estaba cansado…
y aun así estuvo.
No había música.
No había iluminación bonita.
No había fotógrafo diciendo:
“Ahora véanse como si se amaran.”
Solo había dos personas haciendo pequeñas cosas por alguien que no era ellas mismas.
El amor verdadero está construido sobre actos insoportablemente ordinarios.
Repetidos.
Silenciosos.
Cuando nadie está mirando.
Porque sentir amor es maravilloso.
Pero amar comienza cuando no necesitas sentir algo espectacular para actuar en favor del otro.
La carta que quizá nunca fue para ella
Imagina ahora a un hombre.
Es cumpleaños de su esposa.
Se sienta a escribirle una carta.
Hermosa.
Le dice cuánto la ama.
Que cambió su vida.
Que no imagina quién sería sin ella.
Que es el regalo más grande que ha recibido.
Después publica la carta completa en Instagram junto con siete fotografías.
Todos comentan:
> “Qué bonito.”
> “Qué hombre.”
> “Ojalá todos fueran así.”
Y quizá realmente la ama.
No estoy diciendo que no.
Pero existe una pregunta incómoda.
¿Para quién era la carta?
Porque si era para ella…
¿por qué necesitaba espectadores?
Hay algo que cambia cuando una declaración íntima se convierte en evidencia pública.
Ya no solamente estoy expresando amor.
También estoy mostrando que soy alguien que ama.
Y esas dos cosas pueden parecer iguales.
Pero no lo son.
**El amor pertenece al amado.
La evidencia del amor pertenece al público.**
Lo sagrado no siempre necesita espectadores
Aquí aparece una palabra profundamente malentendida dentro del judaísmo:
**Tzniut.**
Cuando la escuchamos pensamos inmediatamente en ropa.
Cuánto cubre.
Cuánto no cubre.
Qué largo.
Qué corto.
Qué manga.
Qué cuello.
Y terminamos reduciendo una idea enorme a una cinta métrica.
Pero quizá una de las dimensiones más profundas de tzniut tenga que ver con otra cosa:
**proteger lo sagrado de la necesidad de ser validado.**
Hay cosas que solo pueden existir plenamente cuando no necesitan audiencia.
Una conversación entre esposo y esposa.
Una disculpa entre padre e hijo.
Una lágrima que nadie fotografió.
Una oración que no se convirtió en contenido.
Un acto de bondad que nadie supo quién hizo.
No porque esconder sea siempre mejor.
Sino porque la intimidad necesita un territorio al que el público no tenga acceso.
**Si todo lo que amas necesita espectadores, algún día dejarás de saber para quién lo estás haciendo.**
La bendición vive donde nadie mira
Los sabios dicen algo sorprendente:
> “La bendición solo mora en aquello que está oculto del ojo.”
El contexto es casi decepcionantemente ordinario.
No están hablando de secretos místicos.
Están hablando de trigo.
Un hombre entra a medir su granero.
Antes de medir puede pedir bendición.
Pero una vez que ya comenzó a pesar y contar, algo cambia.
La bendición no descansa sobre aquello que ya fue pesado, medido y contado.
No porque Dios tenga algún problema personal con Excel.
Sino porque existe una tensión entre dos maneras de relacionarnos con la realidad.
Una recibe.
La otra contabiliza.
Una experimenta.
La otra necesita medir.
Y vivimos en la era de la medición.
¿Cuántos pasos?
¿Cuántas calorías?
¿Cuántos seguidores?
¿Cuántos likes?
¿Cuántas reproducciones?
¿Cuántas personas vinieron?
¿Cuánto creciste?
¿Cuánto bajaste?
Y sin darnos cuenta hacemos exactamente lo mismo con aquello que alguna vez fue sagrado.
Vivimos algo profundo…
y cinco minutos después ya estamos pensando cómo contarlo.
Vemos un atardecer…
sacamos el teléfono.
Nuestro hijo hace algo hermoso…
buscamos la cámara.
Tenemos una conversación íntima…
y alguna parte de nosotros empieza a redactar el caption.
Aquí me di cuenta de algo que no me encantó descubrir.
Yo también lo hago.
He tenido momentos genuinamente profundos.
Experiencias reales.
Instantes que me cambiaron.
Y mientras todavía estaba intentando comprender qué había pasado…
una parte de mí ya estaba pensando:
“Esto es un episodio.”
“Esto es un reel.”
“Esto es una frase.”
Como si ya no supiéramos simplemente recibir algo.
Tenemos que convertirlo.
Procesarlo.
Publicarlo.
Utilizarlo.
Y quizá ese sea uno de los síntomas más discretos de nuestro tiempo.
**Ya no sabemos estar delante de algo sin convertirlo en algo acerca de nosotros.**
Y si no tenemos cuidado…
hacemos exactamente lo mismo con Dios.
Re’eh: mira… pero escucha
La porción de esta semana comienza con una palabra.
**Re’eh.**
Mira.
> “Re’eh anojí notén lifneijem hayom berajá uklalá.”
“Mira, pongo hoy delante de ustedes bendición y maldición.”
Mira.
Pero entonces ocurre algo extraño.
La Torá dice que la bendición llegará:
> “Asher tishme’u.”
Si escuchan.
Empieza con mirar.
Pero la bendición depende de escuchar.
Y no es un detalle menor.
Porque mirar puede seguir siendo una experiencia del observador.
Yo veo.
Yo percibo.
Yo experimento.
Pero escuchar implica algo diferente.
Escuchar presupone que hay otro.
Alguien está hablando.
Y tú no controlas completamente lo que va a decir.
Quizá ahí está escondida una definición simple de relación.
No solamente ver algo.
No solamente sentir algo.
Escuchar algo que viene de fuera de ti…
y responder.
La espiritualidad moderna pregunta constantemente:
**¿Qué sentiste?**
La Torá parece preguntar algo mucho más incómodo:
**¿Qué escuchaste?**
Y todavía peor:
**¿Qué hiciste después?**
Porque una experiencia puede cambiar tu estado.
Una relación cambia tu conducta.
Puedes llorar dos horas durante una meditación…
y seguir tratando igual de mal a tu esposa.
Puedes estudiar textos profundísimos…
y seguir siendo insoportable con tus empleados.
Puedes cantar con los ojos cerrados…
sentir que eres uno con todo el universo…
y veinte minutos después tocar el claxon porque alguien tardó tres segundos en arrancar.
El sistema nervioso tuvo una experiencia.
Perfecto.
Pero eso todavía no significa que tú hayas cambiado.
Dios también hace martes
Moshe está hablando con una generación que está a punto de entrar a la tierra.
Durante cuarenta años vivieron rodeados de lo extraordinario.
Maná cayendo del cielo.
Una nube guiándolos.
Fuego.
Agua apareciendo en el desierto.
Milagros.
Presencia casi imposible de ignorar.
Si querías una experiencia espiritual…
el desierto era difícil de superar.
TripAdvisor le habría dado cinco estrellas.
“Muy intenso. Mala comida. Excelente manifestación divina.”
Y sin embargo…
el objetivo nunca fue quedarse ahí.
Dios los saca del lugar de los milagros.
Y los manda a una tierra.
A sembrar.
A cosechar.
A construir casas.
A criar hijos.
A comerciar.
A preocuparse por la lluvia.
A resolver conflictos.
A vivir martes.
Qué decepción para cualquiera que crea que espiritualidad significa sentir cosas extraordinarias.
Pero quizá precisamente ahí estaba la madurez.
**El desierto te enseña que Dios existe.
La tierra te obliga a decidir qué vas a hacer con eso.**
Al principio necesitas señales.
Después necesitas memoria.
Al principio necesitas fuego.
Después necesitas fidelidad.
Al principio necesitas sentir que alguien está ahí.
Después aprendes a vivir de una manera que reconoce que está ahí incluso cuando no lo sientes.
El objetivo nunca fue mantener a Israel eternamente en el desierto teniendo experiencias con Dios.
Era aprender a encontrarlo mientras sembraban trigo.
Mientras educaban hijos.
Mientras administraban dinero.
Mientras trataban al extranjero.
Mientras construían una sociedad.
Martes.
Dios hace martes.
Nosotros queremos fuegos artificiales.
Y Dios sigue apareciendo disfrazado de cosas ordinarias.
Una conversación que llegó cuando tenía que llegar.
Una puerta que se cerró.
Una oportunidad que apareció años después.
Una persona que estuvo.
Una llamada.
Una pérdida.
Un límite.
Una responsabilidad que no querías.
Podemos llamarlo coincidencia.
Por supuesto.
Del mismo modo que lavar los platos es simplemente lavar los platos.
Hasta que pasan cuarenta años…
y descubres que ahí estaba el matrimonio.
Cuando Dios se vuelve servicio al cliente
Muchas veces no buscamos a Dios.
Lo utilizamos.
Meditamos para calmarnos.
Rezamos para que algo salga bien.
Estudiamos para encontrar respuestas.
Vamos a retiros para volver a sentir.
Buscamos maestros para recuperar claridad.
Todo eso puede ser valioso.
Pero existe una línea muy delgada.
La línea donde Dios deja de ser el otro de la relación…
y se convierte en el servicio técnico de nuestra tranquilidad.
“Hola, sí, estoy sintiendo ansiedad.”
“Perfecto, presione uno para abundancia.”
“Presione dos para propósito.”
“Presione tres para manifestar pareja.”
Y si la experiencia deja de funcionar…
cambiamos de proveedor.
Otro maestro.
Otra técnica.
Otra comunidad.
Otra filosofía.
Otra tradición.
El cliente no está satisfecho.
**Ese puede ser el pecado moderno: convertir la trascendencia en servicio al cliente.**
Y entonces el título deja de ser provocación.
Masturbación espiritual.
Porque todo sigue girando alrededor de mí.
Cómo me siento.
Qué recibo.
Qué experimento.
Qué descubro.
Qué sano.
Qué manifiesto.
Qué obtengo.
Yo.
Yo.
Yo.
Con Dios convenientemente contratado para producir la experiencia.
Pero una relación real empieza cuando el otro deja de ser útil.
Cuando no te da lo que quieres.
Cuando no responde cuando quieres.
Cuando pide algo incómodo.
Cuando aparece el deber.
Cuando desaparece la sensación.
Cuando ya no hay dopamina espiritual.
Ahí sabes si querías una experiencia…
o una relación.
Cuando termina la música
Tal vez por eso Israel tenía que salir del desierto.
Durante cuarenta años hubo maná.
Nubes.
Fuego.
Milagros.
Presencia imposible de ignorar.
Y después…
tierra.
Semillas.
Hijos.
Dinero.
Conflictos.
Responsabilidad.
Vida normal.
El desierto te enseña que Dios existe.
La tierra te obliga a decidir qué haces con eso.
Re’eh no te pide perseguir otra experiencia.
Te pone delante una elección.
Porque mientras necesitas que Dios te impresione para tomarlo en serio…
sigues siendo el centro.
Y una relación empieza cuando dejas de serlo.
Llora.
Canta.
Vive esos momentos donde parece que el cielo se abre.
Pero no confundas el éxtasis con la relación.
Porque el éxtasis puede revelarte algo.
**Solo tu vida demuestra que lo escuchaste.**
Tal vez eso sea Re’eh.
Mira.
Mira bien.
No para encontrar una señal más grande.
Sino para descubrir qué camino estás construyendo con lo pequeño.
Cuando termina la música.
Cuando nadie está viendo.
Cuando llega otro martes.
Ahí termina la experiencia.
Y empieza la relación.
No cuando sientes a Dios.
Cuando dejas de vivir como si solo existieras tú.
Quizá encontraste a Dios. O quizá encontraste un espejo con excelente iluminación
Para llevar
La verdadera relación con Dios no se mide por la intensidad de tus experiencias sino por tu capacidad de permanecer cuando Él guarda silencio, te contradice o te pide salir de tu propio circuito.
Mesa de Shabat
- 1.
¿En tu relación con Dios, cuándo fue la última vez que Él te contradijo o te pidió algo que no querías hacer?
- 2.
¿Qué porcentaje de tu vida espiritual busca experiencias intensas versus construir una relación en los 'martes' sin música?
- 3.
¿Hay alguna práctica espiritual que estés usando principalmente para sentirte bien contigo mismo en lugar de encontrarte con un 'otro'?
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