Rosh Hashana - ¿Qué Tanto Lo Quieres?
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Rosh Hashana - ¿Qué Tanto Lo Quieres?

Por Jack Levy · 4 de septiembre de 2026

Lo pediste, ¿verdad?

El año pasado lo pediste.

Hiciste tu lista.

Pusiste la foto del negocio, del coche, de la casa. La foto del viaje. La foto del cuerpo que quieres tener.

Decretaste:

“Este es MI año.”

Lo escribiste con plumón en el espejo del baño.

Manifestaste. Cerraste los ojitos. Respiraste. Le pediste con toda tu fuerza al universo.

Y los que llegamos a Rosh Hashaná, además, se lo pedimos a Diosito. Prendimos la velita. Hicimos las segulot. Rezamos para que fuera un año bueno y dulce.

Bien.

Ahora déjame preguntarte una sola cosa.

Y no la contestes rápido.

Este año… ¿qué tanto lo quieres?

“Pues mucho. Por eso lo pido.”

No.

Esa es la respuesta del que quiere que las cosas lleguen.

No necesariamente del que está dispuesto a pagarlas.

Porque pedir es gratis.

Manifestar es gratis.

Cerrar los ojos, escribir con ChatGPT y visualizar abundancia con un frapé en la mano no le cuesta nada a nadie.

Y por eso todo mundo lo hace.

Pero hay un principio antiquísimo escondido en el fondo de todo esto:

Todo va detrás del ratzón. De la voluntad.

A donde el ser humano coloca su voluntad de verdad, ahí lo llevan.

No a donde pide con la boca.

A donde quiere con las tripas.

Y querer no es pedir.

Querer no es decretar.

Querer no es hacer un vision board y prender velitas.

Querer es actuar dispuesto a entregarlo todo.

Hay una diferencia brutal entre el que sube a la montaña a pedir…

y el que sube a la montaña a entregar.

Guarda esa imagen.

La montaña.

Ahorita volvemos.

Dos semillas

Antes quiero plantarte dos ideas.

No las voy a explicar todavía. Solo déjalas ahí.

La primera está en la página uno de todo.

Cuando va a aparecer el ser humano, la Torá utiliza una palabra rarísima.

Dios no dice: “Haré al hombre”.

Dice:

Naasé Adam.

Hagamos un hombre.

En plural.

¿Con quién?

Guárdalo.

La segunda aparece mucho después:

Ubajarta bajaim.

Elegirás la vida.

Suena obvio.

Suena bonito.

“Elige la vida.”

Póster de consultorio.

Pero quizá no significa lo que pensamos.

Guárdala también.

Ahora sí.

Subamos a la montaña.

El hombre que subió a entregar

Hace casi cuatro mil años, un hombre subió a un monte.

No subió a manifestar.

No subió a pedir.

No subió a negociar con Dios.

Subió a entregar a su propio hijo.

Y no quiero que escuches la Akedá como una historia bonita que ya conoces.

Quiero que entres en ella.

Es de noche.

El desierto está en silencio. Un silencio tan espeso que pesa.

Las estrellas brillan arriba.

Y casi parecen una burla.

Porque cada una de esas estrellas representaba una promesa:

“Así será tu descendencia.”

Y ahora esa descendencia duerme a unos metros de Abraham, envuelta en una manta, respirando tranquila.

Abraham está acostado.

Pero no duerme.

No puede.

Acaba de escuchar la Voz.

Y la Voz no le pidió oro.

No le pidió un altar.

No le pidió un ayuno.

Le pidió lo único que no se le puede pedir a un padre:

su hijo.

No era cualquier hijo.

Era el hijo.

El milagro.

El que llegó cuando ya no había forma.

Cuando Sara había envejecido.

Cuando la risa de incredulidad terminó convirtiéndose en llanto de parto.

Todo había sido prometido a través de Isaac.

Las estrellas.

Las naciones.

La bendición.

El futuro.

Todo.

Y ahora la misma Voz que le prometió todo…

parecía pedirle que destruyera el único camino por donde esa promesa podía cumplirse.

La orden no cierra.

No tiene lógica.

Cualquiera de nosotros habría encontrado mil explicaciones:

“Esa voz no puede venir de Dios.”

“Dios no se contradice.”

“Me lo estoy imaginando.”

“Es el estrés.”

“Es la edad.”

Pero Abraham no.

Se levanta.

Antes de que salga el sol.

Y aquí aparece una de las cosas más incómodas de la fe:

Abraham no comprende a Dios.

Pero lo conoce.

Y no es lo mismo.

Puedes estudiar durante años a alguien y no conocer su corazón.

Puedes conocer sus leyes, sus frases, sus obras y su biografía…

y no conocerlo.

Abraham no sabía qué estaba haciendo Dios.

No tenía un manual.

No tenía una explicación.

Pero podía decir:

No sé qué estás haciendo.

No me cuadra.

Mi mente no lo procesa.

Mi corazón de padre lo rechaza.

Pero te conozco.

Eso no es creer una idea.

Eso es conocer a Alguien.

Tres días

Abraham ensilla el burro.

Parte la leña.

Prepara el cuchillo.

Despierta al muchacho.

Y camina.

Un día.

Dos días.

Tres días.

Y quizá esos tres días son una parte de la prueba que solemos pasar demasiado rápido.

Tres días caminando al lado de tu hijo.

Viéndolo reír.

Viéndolo cansarse.

Viéndolo dormir junto al fuego.

Compartiendo el pan.

Escuchando sus preguntas.

Sabiendo hacia dónde vas.

El cuchillo no es toda la prueba.

También lo son los tres días.

La espera.

La sonrisa.

El peso de cada paso.

Al tercer día, Abraham levanta los ojos y ve el monte.

Dice a quienes lo acompañan:

“Esperen aquí. El muchacho y yo subiremos, adoraremos y regresaremos.”

Regresaremos.

En plural.

Quizá Abraham ni siquiera sabía por qué lo había dicho.

Quizá era fe.

Quizá esperanza.

Quizá un lugar más profundo que su propia comprensión.

Pero dijo:

Regresaremos.

Y entonces coloca la leña sobre Isaac.

Detente ahí.

El hijo carga sobre su espalda la madera sobre la que será ofrecido.

Y comienzan a subir.

Los dos.

Juntos.

Hasta que Isaac rompe el silencio.

—Papá.

Imagínate esa palabra atravesándole el pecho a Abraham.

—Aquí estoy, hijo mío.

—Tenemos el fuego. Tenemos la leña…

¿Dónde está el cordero?

Abraham responde:

“Dios proveerá el cordero, hijo mío.”

Y entonces aparece una de las frases más devastadoras de todo el relato:

“Y siguieron caminando los dos juntos.”

Después de la pregunta.

Después de la respuesta.

Siguieron.

Juntos.

Ahora bájate de Abraham

Hasta este momento hemos visto la historia desde los ojos del padre.

Del protagonista.

Del hombre del cuchillo.

Pero quiero que cambies de lugar.

Porque quizá el secreto de Rosh Hashaná no está solamente en quien levanta el cuchillo.

Quizá está también en quien se acuesta.

Ahora tú eres Isaac

La piedra está fría.

No es lisa.

Sientes las irregularidades contra la espalda.

Tus muñecas están atadas.

La cuerda aprieta.

Arriba de ti está tu padre.

Le tiembla la mano.

El sol pega contra el filo del cuchillo.

Y entonces aparece un detalle fundamental.

Según una antigua tradición, Isaac no era un niño pequeño.

Era un hombre.

Tenía fuerza.

Podía levantarse.

Podía forcejear.

Podía empujar a su padre anciano y bajar del monte.

Tenía con qué defenderse.

Y no lo hizo.

Ahí aparece una fuerza completamente distinta de la que solemos admirar.

Nosotros pensamos que ser fuerte significa empujar.

Conseguir.

Lograr.

Pelear.

Dominar.

“Yo puedo con todo.”

“Yo soy imparable.”

“Yo creo mi realidad.”

Isaac enseña otra fuerza:

la fuerza de contenerte.

La fuerza de no empujar teniendo con qué.

La fuerza de quedarte…

pudiendo correr.

Quizá el acto más poderoso de la historia no fue levantar el cuchillo.

Quizá fue estirar el cuello y quedarse quieto.

Porque muchas veces es más fácil pelearte con la vida que entregarte a ella.

Más fácil forcejear que soltar.

Más fácil manifestar que decir:

Aquí estoy. Hazme.

¿Dónde estaba el carnero?

Ahora congela la escena.

El cuchillo está arriba.

Y todavía no hay carnero.

Eso es importantísimo.

Nos gusta imaginar que el carnero estaba tranquilamente esperando detrás del arbusto desde el principio.

Como un “plan B” celestial.

Como si Abraham supiera, en el fondo, que nunca iba a pasar nada.

Pero desde la experiencia humana del relato, no hay garantía.

El cuchillo sube.

Ya no hay un pie afuera.

Ya no existe el:

“A ver si a última hora…”

La entrega llegó hasta el fondo.

Y entonces ocurre.

Un movimiento.

Un ruido entre las ramas.

Abraham levanta la mirada.

Y ve un carnero atrapado por los cuernos en el matorral.

El carnero aparece después de la entrega.

Y esa secuencia cambia todo.

La salvación no vino para evitar la entrega.

La salvación vino a través de la entrega.

Eso separa al que de verdad quiere del que solamente pide.

Porque la entrega a medias siempre conserva una puerta de salida.

“Me entrego… mientras salga como yo quiero.”

“Confío… pero tengo mi plan B.”

“Que se haga Tu voluntad… siempre y cuando coincida con la mía.”

Eso no es entrega.

Es negociación.

No existe la entrega con recibo de cambio.

O pusiste el cuello…

o todavía estás actuando que lo pusiste.

Entonces suena el shofar

Ahora mira el objeto central de Rosh Hashaná.

El shofar.

¿De qué animal proviene?

De un carnero.

Y la tradición conecta ese cuerno con el carnero de la Akedá.

Es decir: cada año, cuando escuchamos el shofar, regresamos simbólicamente a ese instante.

Al cuello extendido.

A la mano levantada.

Al momento de la entrega.

El shofar no es simplemente música.

Es memoria.

Es grito.

Es el eco de una voluntad que llegó hasta el límite.

Y hay todavía una tradición más extraordinaria.

El carnero tenía dos cuernos.

Uno estaría asociado con la revelación del Sinaí.

El otro, el gran shofar, con la redención futura.

De modo que el mismo carnero une tres momentos:

la entrega de Isaac, la revelación y la redención.

Y el shofar que escuchamos en Rosh Hashaná queda en medio de ese arco.

Ya no parece un ritual viejito.

Parece otra cosa.

Un recordatorio brutal:

la redención comienza donde el ego deja de negociar.

La vida no es tuya

Ahora recojamos una de las semillas.

Ubajarta bajaim.

Elegirás la vida.

Para entenderlo hay que empezar por una verdad que no siempre queremos escuchar:

Tu vida no es tuya.

No elegiste nacer.

No elegiste dónde.

No elegiste tus genes.

Ni tu idioma.

Ni tu nombre.

Ni la mayoría de las historias que comenzaron a moldearte antes de que pudieras hablar.

La vida te llegó.

Vino de tus padres.

Y detrás de tus padres, de los suyos.

Y detrás, y detrás, y detrás…

hasta el origen.

Y seguirá después de ti.

A través de tus hijos.

De tus alumnos.

De tu obra.

De la gente a la que tocaste incluso sin saberlo.

Tú no eres dueño del río.

Eres un tramo.

Llegó antes de ti.

Está atravesándote.

Y seguirá después.

Quizá el error humano más profundo consiste precisamente en olvidarlo.

Creernos separados.

Creernos islas.

Creernos principio y final.

Dos maneras de decir “somos uno”

La espiritualidad contemporánea repite una frase:

“Somos uno.”

Pero esa frase puede llevarte a dos lugares completamente opuestos.

Una manera es inflarte.

“Yo soy uno con el universo.”

“Yo soy divino.”

“Yo decreto mi realidad.”

“Toda la existencia está aquí para manifestar mis deseos.”

Te haces más grande.

Y más grande.

Hasta que terminaste usando a Dios como asistente personal del ego.

La otra vía es exactamente opuesta.

No consiste en hacerte infinito.

Consiste en hacerte pequeño.

Soltar el yo.

Entregarte.

Desaparecer lo suficiente para volver a sentir que nunca estuviste separado del río.

Devekut.

Adhesión.

Uno se infla hasta creer que es el Todo.

Isaac se inclina hasta desaparecer dentro del Todo.

Ambos dicen “uno”.

Pero caminan en sentidos contrarios.

Uno puede ser ego disfrazado de chamán con maracas dentro de un temazcal.

El otro es un cuello extendido sobre un altar.

Elegir la vida significa entregarla

Entonces, ¿qué significa:

“Elegirás la vida”?

Quizá no significa simplemente escoger la opción agradable.

Quizá significa elegir participar completamente en la vida que te fue dada.

Dejar de poseerla.

Dejar de agarrarla con las uñas.

Dejar de vivir con un pie permanentemente en la orilla.

Porque el que pasa la vida intentando conservarla intacta…

puede terminar sin haberla vivido.

Mientras que el que puede decir:

“Esto no es mío. Pasa a través de mí. Estoy dispuesto a entregarlo.”

empieza verdaderamente a vivir.

Rosh Hashaná habla de libros abiertos.

Y quizá podemos imaginarlos así:

El libro de los que apretaron el puño…

y el de los que abrieron la mano.

Los que se agarraron…

y los que se entregaron.

¿En cuál quieres escribirte este año?

Aní ledodí vedodí li

Hay una frase que acompaña estos días:

Aní ledodí vedodí li.

Yo soy de mi amado y mi amado es mío.

Fíjate en el orden.

Porque el orden lo cambia todo.

Primero:

Aní ledodí.

Yo soy de mi amado.

Y solamente después:

Vedodí li.

Mi amado es mío.

Primero te entregas.

Después recibes.

La espiritualidad de plástico empieza al revés.

“Dios es mío.”

“El universo está para proveerme.”

“Dame.”

“Concédeme.”

“Manifiéstame.”

Empieza en dodí li —mi amado es mío— y muchas veces jamás llega a aní ledodí.

Isaac empieza por lo primero:

Soy Tuyo.

Entero.

Sin garantías.

Sin saber cómo termina.

Y después aparece el carnero.

El shofar.

La vida devuelta.

Ese es el latido de toda esta historia:

Te confían una vida que no es tuya.

La única manera de poseerla de verdad es dejar de poseerla.

Y cuando finalmente la entregas, puedes recibirla de regreso de otra manera.

¿Qué tanto lo quieres?

Entonces volvamos al principio.

¿Qué tanto quieres aquello que estás pidiendo este año?

La respuesta ya no puede medirse por la intensidad de tu vision board.

Ni por cuántas veces lo decretaste.

Ni por cuánto lo visualizaste.

Se mide por otra cosa:

¿Qué estás dispuesto a poner en el altar?

Y ahora podemos volver a la primera semilla.

La palabra misteriosa del inicio de la Torá:

Naasé Adam.

Hagamos un hombre.

¿Con quién habla Dios?

Una posibilidad estremecedora es:

contigo.

El ser humano es una criatura que nace incompleta.

No terminada.

No cerrada.

No fija.

Tiene que participar en su propia creación.

Pero cuidado.

Esto no significa:

“Dios y tú van a construir juntos el coche, la casa y la cuenta bancaria que escribiste en tu tablero de sueños.”

Esa puede ser la misma trampa disfrazada de Torá.

El hagamos del ego dice:

“Construyamos juntos lo que YO quiero. Tú ayúdame.”

El hagamos de Isaac dice:

“Hazme. Yo me dejo hacer.”

La pregunta de Rosh Hashaná quizá no es:

¿Qué vas a lograr este año?

Sino:

¿En quién estás dispuesto a convertirte?

Y todavía más incómodo:

¿Qué vas a tener que entregar para convertirte en él?

Dios ya puso Su parte.

Te dio aliento.

Te dio vida.

Te dio posibilidades.

Te dio un mundo.

Ahora falta la tuya.

Nadie puede ponerla por ti.

Ni tu rabino.

Ni tu mamá.

Ni tu terapeuta.

Ni yo.

El año que comienza no es simplemente una página que Dios escribió y tú vas a leer.

Es una página abierta que todavía dice:

Hagamos.

Y la parte que falta…

es la tuya.

Naasé Adam.

Hagamos un hombre.

Dios ya empezó.

Te toca.

Mesa de Shabat

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  2. 2.

  3. 3.